Aquel desencanto que yo nunca te conocí dio paso
al entusiasmo desmedido y ardías
delante de mi te quemabas
a lo bonzo rociándote con blancos salones y domingos incendiarios.
Y me avergüenzo al confesar
que era difícil apartar la vista de aquel espectáculo y yo
te mantenía la mirada derretida y tú
me mantenías con vida.
Setenta veces siete hasta perder el miedo a tu ausencia
Ya los brazos me crecían, y en luengos ramos vueltos se mostraban
y luego era yo la de las huídas hacia adelante
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